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viernes, 9 de enero de 2009

La Nocturna (III)

Bajo la luz de la luna llena su sombra parecía empequeñecerse. Se sentía extraña, aquejada por algo cuya presencia le resultaba del todo invisible. Apresuró sus pasos sin cambiar la altanera expresión en su rostro, su marca inconfundible, el único atavío de la real majestad que imaginaba tener por solo ser un espíritu libre de la noche. Llegó hasta la anticuada puerta con aldabón, quizás la única en todo el barrio con esa característica; lo levantó y dejó caer tres veces, haciendo eco en el silencio dentro de la casa. Oyó los pasos pesados y pausados acercarse, y la puerta se abrió quejumbrosamente para dejar a la vista a una de las habitantes de la casa, la menor de ellas, portando una vela. Habían abandonado el uso de luces comunes por una cuestión de estética y ambientación: todas las chicas en esa casa vestían trajes victorianos negros y grises, y quizás en fiestas púrpura y ocre. Se apartó del umbral invitándola emplícitamente a pasar.
La siguió hasta un cuarto puerta de dos hojas pintadas de negro con un enorme y rojo pentagrama abarcando ambas. Al llamar desde el interior se oyó la voz melódica pero solemne de la chica quien ostentaba una jerarquía dentro de aquella pequeña comuna fuera del espacio y el tiempo de la ciudad.
Luciana entró: vió a la muchacha menuda, pálida y hermosa, de rodillas y desnuda en medio de un círculo dibujado en el suelo de la gran habitación. No la había visto en meses, demasiado quizás considerando que, secretamente, la amaba con una fuerza que a ella misma le resultaba incomprensible; pensándolo de otro modo, quizás fuera razonable que se hubieran alejado. Por su parte, Anaika no estaba ni feliz ni sorprendida de verla.
Luciana tomó una posición humilde ante ella, solo cuando estuvieron a solas. Tras una breve pregunta de Anaika, fué Luciana quien habló un rato, narrando la extraña visión que tuviera la otra noche y el nombre extraño que su profesor le había otorgado.
Solo al concluir la expresión de la muchacha cambió; se puso de pié y salió del círculo con cuidado, y tomó un corsé y unas botas que había junto a una chimenea falsa.
-Si tu nombre en verad es ese -comentó, sin verla directo a los ojos- entonces deberías ser una persona muy diferente. Lil significa noche, y los nombres verdaderos no refeieren solo a que salgas y tengas sexo muy a menudo. Debe haber algo más en tí. Qué sentiste la última vez que viste a la luna? O estuviste con alguien desde que sabes tu nombre y ocurrió algo extraño?
No era posible que Anaika supiera algo de eso, no se lo había contado ni insinuado.
- La luna me cambia el humor, depende de en que fase esté. Y los chicos... y chicas... parecen más sometidos a mi encanto ultimamente.
-Solo éso? -preguntó, ahora sí viendola directo a los ojos y acercándosele- Seguro?
-Creo...-comenzó dubitativa- creo ver sus pensamientos por momento, y hasta imagino tener dominio sobre ellos.
Anaika sonrió irónica un instante y retrocedió. Un momento después Luciana tuvo una imagen en su mente, de ambas juntas, dedicándole amor a la noche como un sacrificio, y estuvo a punto de apartar ese pensamiento de la mente cuando, al fin, tomó la decisión: Su ropa cayó al suelo, dió dos pasos firmes hacia Anaika, quien permaneció inmóvil hasta que las manos la alcanzaron y bailaron sobre ella, desnudándola de nuevo.
Acabó la noche y pasó el día. Al caer la siguiente noche ya había concluido la luna llena. La chica que llegara el día anterior no era la misma que estaba saliendo ahora. Quizás fuera la luna... quizás fuera que al fin reconoció algo que ignoró por años: Su nombre era Lilisha.

2 comentarios:

Mariana Alvez Guerra dijo...

Esto cada vez se pone mejor, voy a continuar viniendo por mucho más. Un abrazo grande!!!

Mariana Alvez Guerra dijo...

Estoy ansiosa por leer mas de ustedes, no sean perezosos como mi Lazya y hagan nuevos posts, jaja, UN BESOTE